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Eran 400 años antes de Cristo en Atenas–el génesis de la democracia. Treinta mil atenienses caminaban hacia el Acrópolis a participar en la asamblea convocada.

Habían alrededor de 100,00 personas en esa magna ciudad. Sin embargo, treinta mil hombres decidían el destino de todos.

Por obvias razones, no hablaban todos en la sesión. Los que presentaban las propuestas eran los ancianos, los líderes políticos y los militares. A pesar de que estos hombres mantenían bastante influencia en la ciudad, los debates los definían uno de dos: o los filósofos, o los sofistas.

Las sesiones en el Acrópolis eran emocionalmente volátiles. Imagínense una reunión del congreso con 30,000 diputados en el estadio Olímpico–algo así eran en la antigua Grecia.

¿Cómo se ganaba el voto? Fácil. Con los gritos y los puños de una escandalosa mayoría.

Es aquí donde entran los sofistas; los carismáticos, los que te hablan bonito y te hacen soñar. Eran extremadamente persuasivos y grandes oradores. ¡Eran pajerísimos!

Sin embargo, estos maestros de la oratoria conseguían algo vital: evocaban fervor, emoción e ímpetu en la asamblea, llevando a la masa ateniense a votar por iniciativas irracionales y utópicas.

Tal era el hechizo de los sofistas, que una vez enganchaban a su audiencia, era imposible revertir ese momentum. Convertían a la asamblea en una multitud primitiva, animal. Se convertían en una turba iracunda y enviciada del objetivo inalcanzable que les había prometido el sofista.

Un sofista condenó la caída de la primera democracia de Atenas.

Tras las palabras y propuestas de un sofista, en un abrir y cerrar de ojos, la democracia se convirtió en tiranía.

Así lo relato el filósofo Platón, que vio a su maestro y mentor, Sócrates, ser condenado a muerte por oponerse a los alaridos ilógicos de un sofista.

Sócrates es considerado el primer filósofo. De su muerte y sus enseñanzas surgió una generación de oro intelectual que sentó las bases para muchos de los conocimientos políticos, sociales, y científicos que hoy poseemos.

Sin embargo, la característica más trascendental de Sócrates y los filósofos, era su humildad. No poseían un elitismo intelectual sobre las personas que atendían el Acrópolis. Es más, lo único que los filósofos sabían, es que no sabían nada. Contrario a los sofistas, claro, que se las sabían todas.

Los grandes filósofos se unían para descubrir la verdad y proponer iniciativas favorables para la democracia. Los sofistas se envidiaban entre si y solamente se daban la mano cuando les convenía.

Los filósofos eran “los hombres con la mirada mas clara”. No por sus ojos, si no por su implacable lucha por la transparencia.

Revivo este ejemplo para sacar a relucir que en Honduras aún vivimos en una democracia como la de antigua Grecia. Quizás la tecnología que nos rodea nos ciega de la realidad, pero aun vivimos en el año 400 antes de Cristo.

Somos un país frágil, estamos “en alas de cucaracha”, y todo por escuchar a los sofistas ineptos. Por darles una plataforma para que alcen su voz y operen a su ignorante y soberbio placer.

Primero la crisis del 2009, después la del 2017, luego el paro de transportistas, ahora las caravanas y mañana, qué?

John Adams dijo que, “mientras todas las demás ciencias han avanzado, la del gobierno está en un punto muerto, poco mejor entendida, poco mejor practicada ahora, que hace tres o cuatro mil años”.

Cuanta verdad profesaba. Los cambios sociopolíticos que buscamos son complejos. Sin embargo, estos cambios no se logran con el fervor, las emociones, la calumnia, el chisme, la traición y el egoísmo que provocan los sofistas. Estos cambios se logran con la lógica, la humildad, la sabiduría, el análisis y la empatía de los filósofos.

Estos cambios se convirtieron palpables en Atenas cuando las personas comenzaron a escuchar a los filósofos y no a los sofistas.

¿Cuántas plagas y cuantas guerras fueron necesarias para sacudir a esa sociedad antigua de las mentiras de los sofistas? ¿Cuanta corrupción, discordia e incapacidad de gobernar será necesaria para sacudir a Honduras de las mentiras de los neo-sofistas?

En personas como vos y como yo, cae la responsabilidad de discernir a quienes queremos escuchar, a quienes queremos apoyar, y en quienes nos queremos convertir.

Un sofista condenó la caída de la primera democracia en Atenas.

¿Y en Honduras, cuantos?

¿Y los filósofos a que hora?

¿Quien es nuestro Sócrates? ¿A quien condenamos a muerte por proponer lógica y compromiso?

Quizás la respuesta a esta incógnita sea diferente en el corazón de cada hondureño– y eso está bien. En esa diferencia recae todo el concepto de la democracia.

Pero cuando sea el momento, cuando por fin escojamos a Sócrates, a Aristóteles y Platón, la verdad prevalecerá sobre la mentira, el compromiso sobre la discordia– y la prosperidad sobre la constante crisis e inestabilidad que hoy presenciamos.

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Juan Pablo Sabillon es el fundador de El Milenio, tiene 21 años y actualmente estudia ciencias políticas y administración de empresas en la Universidad de Emory en Atlanta.

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Juan Pablo Sabillon es el fundador de El Milenio, tiene 21 años y actualmente estudia ciencias políticas y administración de empresas en la Universidad de Emory en Atlanta.

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Juan Pablo Sabillon es el fundador de El Milenio, tiene 21 años y actualmente estudia ciencias políticas y administración de empresas en la Universidad de Emory en Atlanta.

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